Siniestro total

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La azafata fijó su mirada a la concursante ganadora; la ganadora, al presentador; el presentador, a una señora del público; la señora, al único concursante —bueno, en realidad a su trasero—; y su señor esposo, a la azafata. La otra concursante, la que no ganó, fue la única en percatarse de que todas las mediatrices de las miradas lanzadas confluían en un punto imaginario en el centro del plató. No se lo pensó dos veces: tiró del punto hacia sí con fuerza y la azafata, la concursante ganadora, el presentador, la señora del público (pero no su marido) y el otro concursante —todos ellos— acabaron en el centro del plató amontonados y con lesiones de gravedad. Las salpicaduras de sangre quedaron dispuestas en el suelo como un auténtico Pollock.

El director del programa llamó con su celular de última generación al seguro para notificar el accidente; una voz aguda al otro lado del teléfono le comunicó el registro del siniestro. Después llamó a la agencia de modelos.

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Número 4 (1948, Jackson Pollock)

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Fibonacci

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Obra de Catrin Welz-Stein (n1972)

Obra de Catrin Welz-Stein (n1972)

Literaturo Septuaginto se sentó en la parada del bus. Pasó el 1, después el 2, luego el 3; estaba claro que el siguiente sería el 4, pero no, vino el 5. —¿El 5? —se preguntó junto con el lector del relato.

Algo no iba bien; a no ser que hubiera pasado también el 1 antes de que él llegara, aquella sucesión no tenía sentido. Otra explicación no era posible, al menos matemática; así que se preparó para coger el siguiente, el 8, Fibonacci no podía fallarle. Cuando la distancia y su miopía le permitieron ver que se trataba del 13, cayó muerto; hacía tiempo que una belleza tan exquisita no se detenía junto a él, al alcance de su mano de piedra y cartón. Al llegar a la parada, el conductor del autobús se excusó por su tardanza y apresuró al pasaje a subir. La belleza lo hizo y los ojos de Literaturo, también; su cerebro, en cambio, decidió esperar racionalmente a la llegada del 8; y como no podía ser de otra manera, su cuerpo quedó atrapado en una indecisión, de la que le resultó muy difícil liberarse al no poder disponer ya de sus ojos. Los autobuses siguieron pasando entre tanto, pero ya era imposible saber de qué números se trataba, con lo que, tras lograr liberarse de la indecisión se percató que ahora era presa de la incertidumbre, ¿seguirían produciéndose aquellos saltos numéricos? Se sentó en el suelo, maldijo su mala suerte y su cerebro respondió con una sentencia vehemente al respecto sellando sus labios. Un par de olmos que observaban silentes —y sedentes— la escena desde el principio con suma atención, se ofrecieron a ayudarle con lo de los números. Le propusieron soltar sobre su cabeza el mismo número de hojas que el distintivo del bus que llegara. A Literaturo no le pareció muy buena idea porque, como es bien sabido por todos, las hojas de los olmos, cuando caen, producen una pequeña explosión y, a veces, solo a veces, dolores de cabeza y otitis; y a Literaturo le fue diagnosticada en su juventud una por escuchar durante 21 horas seguidas “(Sittin’ On) The dock of the bay” para disgusto de sus vecinos; salvo a Paciento Hun que por aquel entonces estaba con Depresión, la del quinto, una joven de senos desarrolladísimos para su edad, y con una fantástica y deliciosa deformación natural dado que eran capaces de producir miel mientras su dueña realizaba el acto, lo que acababa siendo una situación muy dulce para sus amantes. El problema venía después puesto que las sábanas quedaban pringosas y, al meterlas en la lavadora, toda esa miel mezclada con el detergente degeneraba en una sustancia viscosa difícil de eliminar con el aclarado; obstruían los agujeros del tambor y acababa, cuestión de tiempo, teniendo que comprar una nueva; renovación de la que se encargaban sus queridos. A Paciento Hun, aquellas compras le rentaban la comisión añadida de poder admirar en secreto a la dependienta. Por descontado que, cuando esta fue despedida, dejó de comprar lavadoras y Depresión, la del quinto, fue sustituida por Desesperación, la del octavo; con lo que la caída fue mortal de necesidad —nadie en la finca se prestó a amortiguar su caída por antiguas envidias y recelos, como suele suceder entre buenos vecinos— Desde entonces, Desesperación, personificación de la belleza exquisita, todos los veintiuno de febrero, como le dicta despacio y con buena letra su religión, toma el autobús de la línea número 13 para dirigirse al cenotafio de ilustres seguidores de su persona, a pesar de la legión de ojos que, a modo de larga bata de cola, lleva consigo pegados a sus hermosas nalgas; 34 contabilizados la última vez.

En mala orilla

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Tenía un aspecto deplorable. Se olvidaron de ella. No caben excusas. Luego hubo quien se rasgó las vestiduras y todo; e intentó compensarla con un montón de femenajes absurdos e innecesarios. De hecho, ni los más ancianos recordaban ya por qué estaba allí. Es lo que les suele pasar a las estatuas cuando se suceden los años, que la memoria del Hombre tiene un recorrido diferente (las patitas más cortas) al de la historia de la Humanidad. La última vez que la vi volvía a estar muy desmejorada.

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Desnudo femenino (Plaza de la provincia – Ciudad Real) J. García Donaire (1926-2003)

El rincón de pensar

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Matthieu Venot, Who want sky? (2015)

No siempre fue así. Cuando el sol de las mañanas desdibujaba la línea del horizonte era el rincón de llorar. Sólo un poco más tarde, cuando mirarlo  con fijeza significaba quemarse las retinas, fue cuando se convirtió en el rincón de pensar. Nada más que al final, tras su último rayo, ese que tiene la azarosa capacidad de transformarse en verde, cuando el rincón de pensar se convirtió en un perfecto trampolín al vacío.

Marie Antoinette y el lobo – versión libre del cuento “Le petit chapeuron rouge” de Charles Perrault

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Caperucita roja Charles Perrault Eufrasio Saluditero Frankenstein Love Letters

Ilustración anónima del cuento. Imagen tomada de Internet.

Sí, “caperucita roja”, de nombre Marie Antoinette, también llamada “l’autr’chienne” por su ascendiente y ascendente familiar; terminó destrozada y devorada, como su abuela, en una lúgubre y lóbrega cabaña perdida por el bosque a manos de un lobo feroz.

De nada sirvió que su padrastro el leñador y su madre se esforzaran porque siguiera el camino correcto. Era bella, la más bella del lugar; tanto como díscola y necia. Así que cuando sus padres flaquearon en su obligación por educarla (o bien ella junto con su virtud, conscientes las dos de su poderosa y real lozanía adolescente); tomaron la decisión de que saliera de casa en un viaje largo y sin retorno, siguiendo pasos que la llevaran sin remisión al mismo destino que el de su abuela; no sin antes tener la feliz ocurrencia de tocarla con una llamativa caperuza roja.

Su camino se vio plagado de multitud de frondosos avellanos* donde disfrutó de su sombra y de sus frutos, de flores silvestres** que recogió con ahínco y persiguió casi hasta la obsesión a las bellas mariposas***; en un entorno tan inhóspito que sólo se atrevían a adentrarse los seres de naturaleza feroz; los hombres más duros y rudos, es decir, los leñadores; y los excluidos como ella, lejos de la mirada de los aldeanos –puesto que, como por todos es sabido, lo que no se ve puede que se intuya pero, a todos los efectos, no existe−.

La única certeza que tenemos es que llegó a casa de su abuela, y que cuando hallaron los restos devorados de ambas se hallaban desnudas en la cama con la ropa bien doblada sobre el pie de cama; de lo que allí dentro aconteciera, me temo, que nuca nada sabremos.


 

* En la cultura celta, de la que se nutre Centroeuropa durante la Edad Media (recordemos que Charles Perrault recoge este cuento de la tradición oral de esta zona geográfica) el avellano es el árbol que representa la divinidad de la fertilidad.

** A nadie se le puede escapar la utilidad medicinal y esotérica que poseen estas plantas en dicha cultura.

*** A pesar de las dispares simbologías que las distintas culturas dan a estos insectos coleópteros, qué duda cabe que en todas coincide el carácter transustancial de estas.

Sobremesas con Gregor Samsa – III parte

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Hormiga mielífera MéxicoEntre las dunas que los gigantes dejaron en la playa, Boris Augé se bate por encontrar una gota de sombra donde poder esconderse de una muerte transustanciada en forma de sol, implacable; antes de que lo descubra y deseque los fluidos contenidos en su exoesqueleto.

Los granos de sílice blancos diminutos disgregados – auténticas rocas para él− resultan inevitables para que sus patas provoquen constantes avalanchas sobre sí, sepultándole hasta el mismísimo pecíolo. Si no fuese porque el martirio de la temperatura de la arena tan elevada resulta insoportable, se dejaría morir.

Por la concurrencia de una azarosa inestabilidad de los granos de arena, si no por la torpeza de su agotamiento; nuestro héroe desciende rodando hasta el vértice mínimo del valle de la enésima duna artificial donde una minúscula porción de agua –lo que viene a ser una gota, no más− lo recibe para amortiguar su caída. Su sed, que no advierte la alta salinidad del agua, le obliga a beber. No sabe que la sal que está ingiriendo ha empezado a absorber cualquier humedad del interior de su cuerpo.

El agua, conforme llena el cuerpo de Boris, genera un desequilibrio entre la presión del fondo del valle y el entorno, por lo que el pozo va aumentando de tamaño con más aporte de agua y nuestro amigo se debate entre morir ahogado o convertirse, al cabo de unos minutos en ambos casos –varias eternidades para nuestro querido Boris−, en el primer insecto sazonado de la historia; pero la frontera espacial de esta hoja de papel zanja esta cuestión aquí.

Feroz y los cinco cerditos

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Imagen tomada de Internet. Trasformación libre.

Y el lobo sopló y sopló y la casita de paja no derribó, pero por la ventana entró. El cerdito, despavorido, hacia la casita de su hermano huyó.

Y el lobo sopló y sopló y la casita de madera no derribó, pero por la ventana entró. Los dos cerditos, despavoridos, hacia la casita de su hermano huyeron.

Y el lobo sopló y sopló y la casita de ladrillo no derribó, pero por la ventana entró. Los tres cerditos, despavoridos, hacia la casita de su hermano huyeron.

Y el lobo sopló y sopló y la casita de bloques de hormigón no derribó, pero por la ventana entró. Los cuatro cerditos, despavoridos, hacia la casita de su hermano huyeron.

Y el lobo sopló y sopló y la casita de hormigón armado, por más que lo intentó, no sólo no derribó, sino que se provocó un edema pulmonar. Los cinco cerditos, inmersos en un eterno temor por salir, murieron de tuberculosis, porque la casita del hermano mayor se construyó a prueba de ladrones; sin ventanas.

La última historia de amor sobre la Tierra

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Imagen tomada de Internet

Después de un millón de años de espera, la primera molécula de agua que se formara en la Tierra abandonó la estratosfera para precipitarse sobre la superficie con una aceleración inversamente proporcional a su peso molecular. En ese preciso instante, la primera molécula de oxígeno originada en la más profunda sima del mar, consiguió liberarse de las fuerzas que la retenían para ascender a toda velocidad. El encuentro se produjo en el límite exacto entre el océano (la hidrosfera) y la atmósfera con tal virulencia que provocó una reacción en cadena de hidrógeno y ozono que convirtió al planeta en una enorme bola de fuego, una minúscula estrella gravitando en torno al Sol. Esa, y no otra, fue la última historia de amor sobre el planeta.