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Corcobado vomitaba desde el escenario que tenía el corazón roto en mil pedazos mientras nosotras mirábamos de reojo la última minifalda que había entrado por la puerta del garito –frontera de cuadros escoceses de infinitas piernas de rodillas perfectas y ombligo perforado-; y sujetábamos el vaso del cubalibre con tal fuerza que los cubitos se derretían por la envidia que se nos escapaba de entre  nuestros dedos.

Entre tanto, las fábricas de baba se golpeaban el pecho como gorilas en celo y resoplaban desenfrenados mirando con los ojos inyectados en semen a la dueña de la minifalda que, como una auténtica diosa iba postrando, a todos y cada uno de ellos, a sus pies terminados en afiladas agujas de tacón. Desde la distancia la escena nos parecía un claro caso de pederastia, pero lo cierto es que se trataba de una verdadera cacería de testosterona. Uno de ellos, mientras moría, dijo que tener por última visión de este mundo sus bragas había merecido la pena. El Vaticano tenía estas cosas a finales de los ochenta…

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