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Su primera palabra fue “miau”. A todos se les cayó la baba y mamá le compró un vestido de gatito… hasta le pintó un hocico y bigotes. Las amistades se deshacían en elogios cuando lo veían por la calle: —Pero que cosita más mona… ¡está para comérselo!—, decían.

Ahora, desde su celda acolchada maúlla, ronronea y, las pocas veces que le quitan la camisa, bufa y araña igual que un gato. Todos los celadores están preocupados porque ya se ha tirado seis veces por la ventana… todos salvo Colin, que dice que, para matarse, todavía le faltan tres.