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Mientras el proyectil describía una parábola cuadrada perfecta en un cielo nítido y límpido (petulante como uno mismo) recordé los días felices días en Anna jugando a quién podía rebotar más veces las piedras sobre la superficie del lago.

En tan sólo tres segundos vi cómo había llegado hasta aquella situación absurda. La piedra terminó su trayectoria impactando en aquel casco oscuro acompañado por aquella cabeza sin rostro y allí se quedó incrustada.

Noté una interferencia en la nitidez de mi visión, seguido de un dolor agudo en el oído derecho que me provocaba la pérdida de equilibrio. Mientras caía, constaté que algo no iba bien: el cuerpo de la cabeza sin rostro que acompañaba al casco oscuro con la piedra incrustada permanecía de pie, inmóvil, empuñando su arma, pero ya sin apuntarme. Desde el suelo parecía que era él quien estaba tumbado con un trozo de la superficie de la Tierra pegado a los pies, como si fuera un soldadito de plástico de “hazañas bélicas”.

La saliva me sabía a sal y era mucho más fluida de lo normal, y la figura con el trozo de la Tierra pegado a los pies se difuminaba con el fondo en un color que no se correspondía con el del ocaso del día. Fue entonces cuando entendí que todo final es del color del papel con que se escribe.