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El retrato había sido encargado hacía cien días y en su fecha estipulada, recogido, pagado y traído a palacio por un sirviente de suma confianza.

Su nuevo dueño ordenó colgarlo en la sala preparada en exclusiva para él: una habitación sin ventanas, con suelo de lutita y paredes tapizadas de velludo negro, con un único punto de luz cenital tamizada por una fina celosía de tracería de ébano que se filtraba hasta dos metros justos delante del cuadro, para rebotar en un círculo de alabastro presidido por un Chesterfield blanco desde donde se iluminaba… el origen del mundo.

Gustave Courbet: El orígen del mundo (1866)
Musée d’Orsay. Paris

No era un simple santuario de Onán, se trataba de El Santuario… el lugar donde todas las crisis de Estado serían superadas, donde todas las intrigas de palacio se disiparían, donde el tiempo y el espacio dejarían de tener valor, donde la mirada de Alá sería cómplice. Nada en absoluto debía –de hecho ni podía- distraer la atención del motivo central del cuadro, ni tan siquiera la propia modelo… desmembrada, decapitada, desprovista de cualquier protagonismo, presente y ausente a la vez, anónima.

Allí dentro sólo las horas serían sus únicas compañeras… las horas y la luz. La misma luz tamizada del sol que dibujaría sobre la desnudez de su piel mefítica y corrompida tatuajes efímeros que disimularan, al menos mientras estuviese frente al cuadro, el verdadero aspecto de su cuerpo. Ese enorme trozo de carne que arrastraba y del que, durante la edad vigorosa, abusara tanto –como también hiciera con tantos otros trozos de carne-.

Ahora, sólo abusaría del suyo, no necesitaba más. Tan solo fijar la mirada sobre el cuadro… y leerlo.

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