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La costumbre, una vez que ha penetrado en la mente, se aferra a ella como la hiedra a la roca.

Fue imposible, cuando murió su esposo, que sus hijos la convencieran de que dejara el luto que iniciara con su hermano, y que continuara después con su padre, su otro hermano, su hija, su madre, su única hermana y, más tarde, la tía Rafaela y la madre de ésta -por no tener ellas parientes más cercanos que pudieran llevarlo-. Cuarenta y cinco años, con sus once días bisiestos incluidos, y todos ellos voluntarios.

Pero –con la Iglesia siempre hay un pero-, de la misma forma que la miseria atrae la enfermedad, o que la mierda atrae a las moscas, la devoción atrajo la sumisión. Y tras sacrificar su juventud con aquellas ropas negras; su hacienda se fue diluyendo entre beneficencias, limosnas y dispensas para alcanzar el cielo… ¡Como si no lo tuviera ganado ya!

Puglia, Italia (2000)

Cristina García Rodero – Puglia, Italia (2000)

La pobreza no entiende de disquisiciones teológicas y aprieta, como Dios -y de qué manera-, a los más necesitados. Por lo tanto no tuvo ningún remordimiento en llevársela con los pies por delante, como una buena sierva de Nuestro Señor: ciega, sorda y muda.

Aquel ñaque inerte acabó, por mísera y miserable, en el prostíbulo del cementerio, en la antesala adosada extramuros donde siempre quedaban en paz, indigentes, repudiados, y criaturas que nunca fueron alcanzadas por su gracia, la Gracia de Él.