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El saxo de Chuck Ríos sonaba a sudor y a saliva, como las risotadas de Rosita. El local olía a nachos y a jalapeños; en aquella taberna de frontera hasta la cerveza sabía a nachos y a jalapeños. Rosita, que también olía –y sabía– a nachos y a jalapeños, se reflejaba sobre los infinitos fragmentos de espejo destrozado del local durante la última pelea, como un caleidoscopio monocorde, como el saxo de Chuck, que seguía barritando desde la jukebox. Su cuerpo danzaba por todas las mesas del local cambiando un trago a cambio de unas palabras –no tenían porqué ser amables– que viniendo de una mujer como ella siempre se interpretaban como insinuaciones.

Todas las mesas del antro estaban presididas por una sombra que se identificaba durante unos segundos cuando un fósforo estallaba para prender un cigarrillo. Aquellas sombras se asían a una botella –matrícula o distintivo de calañas–: mezcal, asesino; tequila, sicario; whisky, ejecutor;  bourbon, violento; cerveza, matón de tres al cuarto. Un humo denso coronaba sus cabezas y parecía que estuviera domesticado para que ni se atrevía a invadir el espacio de las mesas de al lado. Pascal se sentó, pidió una cerveza y se encendió un cigarrillo. El fósforo delató la botella de tequila que asía una de las sombras y brindaron. Puso la caja de Partagás sobre la mesa.

La Jukebox repetía una y otra vez el mismo tema de The Champs desde el mismo día que el espejo se convirtiera en un caleidoscopio monocorde, pero aquello había propiciado que Rosita tuviera sincronizada cada nota con los movimientos de sus labios, de su pelo, de su cabeza, de sus brazos, de sus senos, de su vientre, de sus caderas, de sus piernas, de sus zapatos color fucsia; los mismos que le compraran aquella noche, cuando todavía seguía como un perrito a cualquiera que le dijera una palabra amable.

El bus de El Paso llevaba un retraso de dos días y el sol de la tarde hacía que los orines del apeadero olieran a mil demonios, pero eso no impidió que Pascal se aliviara salpicándose los zapatos y mojando parte del asiento de madera de la parada, líquido que fue absorbido, si no evaporado, de inmediato pero dejando su profundo olor. Pascal sudaba siempre, aunque fuese diciembre, como un pavo la víspera de Acción de Gracias mientras se empeñaba en fumar aquellos apestosos cigarrillos de cuarto de dólar, de intenso olor a amoniaco.

Cuando Rosita se sentaba en las rodillas, porque ella siempre se sentaba aunque nadie se lo pidiera, su perfume barato te cogía por el cuello y ya no te soltaba hasta que la primera brisa de la mañana hacía acto de presencia. Ese era el momento de despegarse de ella, porque ese mismo aire fresco sólo duraba apenas quince minutos y después regresaba el calor plomizo del desierto que te envolvía ya para el resto del día, como si estuvieras en una de esas celdas de adobe donde encerraban a los indios borrachos que cruzaban la frontera de la reserva en busca de alcohol de cactus. De todas formas, Rosita tenía mal despertar, todo el mundo lo sabía.

Una nube de polvo anaranjado cambió el color del traje de Pascal. Se sacudió con el panamá mientras farfullaba algo incomprensible en su lengua y la puerta del bus se abría. Antes de que el polvo se posara y pudiera abrir los ojos de nuevo tenía una caja de Partagás en las manos. Abrió la caja pero no pudo ver nada porque, de nuevo, la nube de polvo volvió a cegar sus ojos… ¡ah!, y también el traje cambió de color: ¿o fue de sabor? Sacudiéndose el polvo, y sin dejar de mirar la caja, se dirigió hacia la única taberna del lugar. De fondo sonaban The Champs… nana-naaaa-na, nana-naaaa-na, nana-nana-nana-na: ¡Tequila!

Todo se tornó de color anaranjado, como la botella de mezcal de mi mesa, como el gusano que flotaba dentro, como el jodido sol que estaba a punto de ocultarse por la sierra, como el vestido descompuesto de volantes de Rosita que yacía sentada a los pies de la barra, junto al escupidero de bronce –también anaranjado-,  mostrando su velludo e inequívoco torso masculino, mientras el tono del color iba oscureciéndose para terminar en el más absoluto y completo negro. El eterno, silencioso, insípido e inodoro color negro.

La sombra frente a la que se sentaba Pascal abrió la caja de Partagás, le ofreció un cigarro y, mientras este se lo encendía, sacó el Smith & Wesson de su cartuchera y le abrió dos agujeros en la cabeza de un solo disparo –uno de entrada y otro de salida-. Puedo asegurar lo de los agujeros porque los vi a través de los de la cabeza de Rosita que, sentada sobre mis rodillas, fue el siguiente obstáculo entre aquella bala y la pared que se hallaba a mis espaldas.