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Cuando los sumergí en el agua apenas se movían. Una pizca de sal pareció reanimarlos. Al aumentar la temperatura, los pequeños, los más débiles, entraron en una suerte de frenesí, un baile convulso que les llevaba a lanzar dentelladas a los grandes, los más fuertes, que continuaban aletargados.

Con cada dentellada, la piel desgarrada mostraba la albura de la carne latente, temblorosa por los nervios devorados. Todo aquel dolor se tornó en máxima violencia, la espiral centrípeta del individuo invicto, pero casi devorado; el líder que, como premio, terminaba yaciendo en un campo de arroz amarillo con vistas al mar.