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Y al final estalló la guerra. Me pasé toda la guerra escribiendo cartas, porque fui declarado inútil para el ejército. Al principio, cuando íbamos ganando, eran de defunción. Tenía varios modelos a seguir suministrados por el ministerio de defensa, pero creí que aquellas familias rotas se merecían algo más que unas palabras frías y vacías. Me esforzaba lo máximo, hasta que conseguía arrancarme una lágrima a mí mismo. No me valía cualquier retahíla de palabras sensibleras, tenían que ser emotivas de verdad.

George Eastman House Collection: Spanish American War (ca. 1898). William M. Vander Weyde.

Hasta el día en que la empezamos a perder. Entonces decidí que mis palabras servirían para mantenerlos en vida. Escribiría a las esposas, a las madres, a las novias de todos aquellos que cayeran en el campo de batalla. Ninguna familia más tendría que sufrir por una estúpida contienda, de la que ya nadie recordaba por qué se inició. Les contaba cómo ganábamos las batallas a pesar de las bajas y de la falta de hombres que hacían falta para poder continuar con los éxitos. Incluso les describía la estrategia del alto mando para alcanzar los objetivos, para darle más realismo.

Ahora, mientras me fumo un cigarrillo, en esta soleada mañana de diciembre, frente al pelotón de fusilamiento, me pregunto por qué he llegado a esta situación. Intento imaginar qué escribirán sobre mí.

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