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El gato movía la punta rota de la cola al compás de los gruñidos de los muelles de la cama. Estuvimos durante un rato desafiándonos con la mirada, pero al final ganó él, como siempre. Le bufé, él me respondió orientando sus orejas y sus ojos hacia la ventana, por donde empezaban a salir los últimos rayos anaranjados del sol que me recordaban al huerto de la alquería de mis abuelos, antes de que la vendiéramos cuando fallecieron. La cama cada vez chirriaba más fuerte, más rápido, como la cola del gato, puto gato, puta cola de punta rota… ¡Lástima no habérsela cortado cuando tuve ocasión!¡La próxima vez no seré tan clemente! ¡Le retorceré el cuello, a ver si puede moverlo después! El ruido del somier resultaba ya tan pesado como la bola de sebo que tenía encima y creo recordar que, con el último esfuerzo, algo se rompió. Arrojó el dinero sobre el colchón de borra, me tomó la cara con su mano y la caricia se transformó en dolor conforme fue dibujando su sonrisa. El gato aprovechó la puerta abierta para salir entre sus piernas. —Sape, —le gritó, mientras acertaba con una patada en su cola de punta rota. El último rayo de sol acababa de saltar tras la montaña.

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