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Al final se perdió Cuba. No es que desapareciera como un barco a la deriva entre las brumas del mar; seguía estando allí, tan lejana y, ahora más que nunca, distante. Lo de perderse acabó siendo un eufemismo ya que, aquel año, lo que en realidad se produjo fue el encuentro de dos naciones frente al futuro. Para la metrópoli, además, supuso el quiebro definitivo con la ingenuidad del pasado; la pérdida de la casaca rancia de “l’ancien régime” con ciento nueve años de retraso; el alago definitivo de la aventura iniciada por Colón.

Práxedes Mateo Sagasta: “Las gateras de España. 1902”.

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Aquel antro no dejaba ser más que un viejo cascarón de madera atracado en el muelle del malecón. Las bocas muertas de hambre del puerto terminaban subiendo a cubierta para cambiar sexo por comida —al fin y al cabo sólo era un cambalache de placeres—. Lo malo era que el bajo vientre, al igual que el estómago, son de costumbres fijas y una vez los adiestras a comer todos los días, es difícil que alguno de los dos, si no ambos, gusten del ayuno.

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The Library of Congress. Jitterbugging in Negro juke joint Saturday evening outside. Clarksdale – Mississippi. nov1939. Marion Post Wolcott. Jack Delano.

Los sucesos solían acontecer entre sacos de arpillera, catervas de cañas de azúcar o balas de bambú, por lo que el olor ácido de los sexos terminaba por mezclarse con el caleidoscopio de aromas de la bodega y el salitre del mar. Las carnes tiernas de los jóvenes no temblaban por el temor o el placer de la vejación, sino por el ansia de la recompensa. Entre las eternas penumbras del vientre del buque, el cuero de los cuerpos sudados gruñía, chillaba, como cerdo en San Martín; con cada roce, con cada embate, la madera crujía como parte suma de aquella orgía.

Mientras tanto, en cubierta, el tiempo de espera del turno de provisión se mataba a golpe de baile. En cierto modo hacían de todo ese esperpento, si no algo más cálido, sí un lugar menos sórdido.

La noche era cerrada —de completo negro que solían decir los porteños— cuando de las aguas sonó y se sintió un extraño golpe que a los bailarines les hizo perder el equilibrio. El navío se alagó en pocos minutos. No hubo tiempo para que abandonara nadie el barco salvo los que estaban en cubierta; y eso sólo los que sabían nadar.

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El CIEN** adaptado como inhalador submarino que inventara para explorar las aguas heladas de Europa-JII tenía las baterías medio gastadas. No obstante, decidió sumergirse porque entre los dos primeros de los tres avisos finales del chivato había tiempo suficiente para descender al abismo y ascender a la superficie dos veces. Las luminarias que impedían la entrada de agua en sus oídos por el efecto de la altura piezométrica no quiso encenderlas hasta que se hiciera la oscuridad absoluta. La densidad de aquellas aguas generaban el negro absoluto a partir de dos mil setecientos metros, pero el sónar le informaba que el fondo marino no lo alcanzaría hasta  una profundidad de seis mil.

El ansia le pudo cuando alcanzó la zona afótica y encendió sus luces ultravioletas para descubrir aquel mundo de colores anespectrales, de luminiscencias fosforescentes. Al tocar con sus pies el fondo marino, la superficie fue transformándose en una suerte de alago que le retrotrajo el recuerdo de su primer viaje a la Luna, aún de la mano de su padre, cuando todavía eran necesarios los trajes gravitatorios silbantes. El chivato estaba lanzando su primer aviso.


* Alagar (RAE): Llenar de lagos o de charcos.

Alagar (MM): 1 tr. y prnl. Llenar un lugar de *charcos.

                        2 (Arg., Bol.) prnl. Hacer agua una embarcación.

** Conversor Inmediato de Electrones Natural