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Se perdió. Fue cuestión de un par de segundos, tres a lo sumo. Me mostró toda su plenitud como el fulgor de un rayo en la noche y desapareció. Los ruidos y la velocidad de la vida se lo llevaron —quizá lo asesinaron— a la profundidad del córtex cerebral, donde habita el subconsciente.

Durante el breve tiempo que duró, expuso la perfección de su sencillez, la genialidad de su brevedad, la idoneidad de su belleza… Tanto encerraba en si que me fue imposible retenerlo en la memoria, lo contrario hubiera supuesto la implosión de la cabeza. Ahora lo sé: jamás volverá. Quedó atrapado en alguna neurona de digresión prematura.

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