Etiquetas

Se podría decir que aquello no era una confusión generalizada sino una desbandada precipitada. Al ulular de las sirenas, todas y cada una de las personas que transitábamos por la calle nos dirigimos hacia donde el miedo irracional nos guiaba. En pocos segundos los cuerpos ciegos por la adrenalina empezaron a chocar con ferocidad entre si. Primero fueron pisoteados los niños, luego los ancianos y las mujeres. No resultaba fácil correr por encima de todo aquel montón de carne hacinada en la calle. Entonces me di cuenta de la importancia del azar: los que no morirían por la metralla, lo harían por aplastamiento si no por ser pisoteados.

FLL030_2013-01-16_d6e3ab5d27e6bb48a8101d455881fa530da734_Sir Cecil Beaton

Pilotos de la RAF. Fotografía parcial de Sir Cecil Beaton

Resultaba imposible adivinar la dirección por dónde venían las balas y las bombas —salvo que estas últimas descendían, claro—. Solo se podía percibir las esquirlas de pavimento que escupían los proyectiles o, quizá, los trozos de carne perforada envueltos en surtidores de sangre. Parecía como si de los cuerpos de los caídos, los aplastados, los pisoteados empezaran a brotar pequeñas dosis de miedo de color púrpura que intentábamos esquivar para que no nos alcanzara, para que no resbaláramos en nuestra desesperada carrera por resistirnos a ser cazados como simples alimañas o, como nos imaginábamos cuando éramos nosotros los que estábamos arriba, minúsculas dianas de movilidad relativa.

La velocidad y la distancia impedían que percibiéramos el holocausto que generábamos desde el aire; porque a vista de pájaro las personas no dejan de ser más que pequeños corpúsculos sin rostro. Desde abajo no lo percibíamos de manera diferente; pensábamos que las balas no podían alcanzarnos, que la suerte era nuestra aliada porque nos creímos seres superiores, privilegiados por poder volar, los hijos de los cielos.