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La punta del bastón se va aproximando con lentitud al único punto negro de la soleada pared encalada, hasta que acaba aplastando el cuerpo invertebrado de la mosca, de imposibles tonos verde inglés y azul cobalto metalizados. El crujido de su efímera coraza abre paso a la viscosa blancura de sus entrañas machacadas, que resbalan intentando sortear las rugosidades de la textura del muro. Ya en el suelo, los restos del insecto tratan en vano de volar, no porque carezca de fuerzas, sino porque los diminutos granos de limo pulverulentos han rebozado la humedad de la herida, anclándola al suelo. Entre la cadencia del zumbido de las alas esforzándose por volar, el clic seguido de una denotación interrumpe la escena.

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Reinterpretación de “Homenaje A., Jackson Pollock” – L. M. Sánchez Escanez (1990)

Del agujero de la cabeza perforada por el disparo mana a borbotones un chorro de sangre entre cabellos oscuros ensortijados. La pared ha resultado impresa con un artístico estallido bermellón de salpicaduras de gotas de sangre —al parecer mezcladas con unos interesantes destellos anaranjados de restos encefálicos—, a lo Jackson Pollock. Los restos del azufre de la pólvora detonada son atrapados por mis vellosidades olfativas provocando que el lacrimal se excite y pienso que si alguien estuviera ahí diría que me he emocionado. Pero no, sabemos que esto no tiene nada que ver con la emoción. El tímpano izquierdo vuelve a darme problemas, sin duda por el disparo.

Por la ventana acaba de ascender a una velocidad de 343 metros por segundo el mismo sonido de una mosca aplastada pero amplificado 32 veces: alguien acaba de empotrar el coche contra el maletero de una patrullera… del coche de una patrullera.

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