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Hormiga mielífera MéxicoEntre las dunas que los gigantes dejaron en la playa, Boris Augé se bate por encontrar una gota de sombra donde poder esconderse de una muerte transustanciada en forma de sol, implacable; antes de que lo descubra y deseque los fluidos contenidos en su exoesqueleto.

Los granos de sílice blancos diminutos disgregados – auténticas rocas para él− resultan inevitables para que sus patas provoquen constantes avalanchas sobre sí, sepultándole hasta el mismísimo pecíolo. Si no fuese porque el martirio de la temperatura de la arena tan elevada resulta insoportable, se dejaría morir.

Por la concurrencia de una azarosa inestabilidad de los granos de arena, si no por la torpeza de su agotamiento; nuestro héroe desciende rodando hasta el vértice mínimo del valle de la enésima duna artificial donde una minúscula porción de agua –lo que viene a ser una gota, no más− lo recibe para amortiguar su caída. Su sed, que no advierte la alta salinidad del agua, le obliga a beber. No sabe que la sal que está ingiriendo ha empezado a absorber cualquier humedad del interior de su cuerpo.

El agua, conforme llena el cuerpo de Boris, genera un desequilibrio entre la presión del fondo del valle y el entorno, por lo que el pozo va aumentando de tamaño con más aporte de agua y nuestro amigo se debate entre morir ahogado o convertirse, al cabo de unos minutos en ambos casos –varias eternidades para nuestro querido Boris−, en el primer insecto sazonado de la historia; pero la frontera espacial de esta hoja de papel zanja esta cuestión aquí.

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