Etiquetas

, ,

Obra de Catrin Welz-Stein (n1972)

Obra de Catrin Welz-Stein (n1972)

Literaturo Septuaginto se sentó en la parada del bus. Pasó el 1, después el 2, luego el 3; estaba claro que el siguiente sería el 4, pero no, vino el 5. —¿El 5? —se preguntó junto con el lector del relato.

Algo no iba bien; a no ser que hubiera pasado también el 1 antes de que él llegara, aquella sucesión no tenía sentido. Otra explicación no era posible, al menos matemática; así que se preparó para coger el siguiente, el 8, Fibonacci no podía fallarle. Cuando la distancia y su miopía le permitieron ver que se trataba del 13, cayó muerto; hacía tiempo que una belleza tan exquisita no se detenía junto a él, al alcance de su mano de piedra y cartón. Al llegar a la parada, el conductor del autobús se excusó por su tardanza y apresuró al pasaje a subir. La belleza lo hizo y los ojos de Literaturo, también; su cerebro, en cambio, decidió esperar racionalmente a la llegada del 8; y como no podía ser de otra manera, su cuerpo quedó atrapado en una indecisión, de la que le resultó muy difícil liberarse al no poder disponer ya de sus ojos. Los autobuses siguieron pasando entre tanto, pero ya era imposible saber de qué números se trataba, con lo que, tras lograr liberarse de la indecisión se percató que ahora era presa de la incertidumbre, ¿seguirían produciéndose aquellos saltos numéricos? Se sentó en el suelo, maldijo su mala suerte y su cerebro respondió con una sentencia vehemente al respecto sellando sus labios. Un par de olmos que observaban silentes —y sedentes— la escena desde el principio con suma atención, se ofrecieron a ayudarle con lo de los números. Le propusieron soltar sobre su cabeza el mismo número de hojas que el distintivo del bus que llegara. A Literaturo no le pareció muy buena idea porque, como es bien sabido por todos, las hojas de los olmos, cuando caen, producen una pequeña explosión y, a veces, solo a veces, dolores de cabeza y otitis; y a Literaturo le fue diagnosticada en su juventud una por escuchar durante 21 horas seguidas “(Sittin’ On) The dock of the bay” para disgusto de sus vecinos; salvo a Paciento Hun que por aquel entonces estaba con Depresión, la del quinto, una joven de senos desarrolladísimos para su edad, y con una fantástica y deliciosa deformación natural dado que eran capaces de producir miel mientras su dueña realizaba el acto, lo que acababa siendo una situación muy dulce para sus amantes. El problema venía después puesto que las sábanas quedaban pringosas y, al meterlas en la lavadora, toda esa miel mezclada con el detergente degeneraba en una sustancia viscosa difícil de eliminar con el aclarado; obstruían los agujeros del tambor y acababa, cuestión de tiempo, teniendo que comprar una nueva; renovación de la que se encargaban sus queridos. A Paciento Hun, aquellas compras le rentaban la comisión añadida de poder admirar en secreto a la dependienta. Por descontado que, cuando esta fue despedida, dejó de comprar lavadoras y Depresión, la del quinto, fue sustituida por Desesperación, la del octavo; con lo que la caída fue mortal de necesidad —nadie en la finca se prestó a amortiguar su caída por antiguas envidias y recelos, como suele suceder entre buenos vecinos— Desde entonces, Desesperación, personificación de la belleza exquisita, todos los veintiuno de febrero, como le dicta despacio y con buena letra su religión, toma el autobús de la línea número 13 para dirigirse al cenotafio de ilustres seguidores de su persona, a pesar de la legión de ojos que, a modo de larga bata de cola, lleva consigo pegados a sus hermosas nalgas; 34 contabilizados la última vez.

Anuncios