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La azafata fijó su mirada a la concursante ganadora; la ganadora, al presentador; el presentador, a una señora del público; la señora, al único concursante —bueno, en realidad a su trasero—; y su señor esposo, a la azafata. La otra concursante, la que no ganó, fue la única en percatarse de que todas las mediatrices de las miradas lanzadas confluían en un punto imaginario en el centro del plató. No se lo pensó dos veces: tiró del punto hacia sí con fuerza y la azafata, la concursante ganadora, el presentador, la señora del público (pero no su marido) y el otro concursante —todos ellos— acabaron en el centro del plató amontonados y con lesiones de gravedad. Las salpicaduras de sangre quedaron dispuestas en el suelo como un auténtico Pollock.

El director del programa llamó con su celular de última generación al seguro para notificar el accidente; una voz aguda al otro lado del teléfono le comunicó el registro del siniestro. Después llamó a la agencia de modelos.

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Número 4 (1948, Jackson Pollock)

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