Sobremesas con Gregorio Samsa – II parte

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Todo el mundo en el barrio conocía las inclinaciones políticas de Obelisca Mut (ficus de profesión). Por ello a nadie sorprendió que no moviera ni una hoja cuando la alcaldesa, al pasar ante ella con su séquito de patricios e inmaculadas, le solicitara su voto para las próximas elecciones municipales.

No debió gustarle su respuesta ya que, a la mañana siguiente, para sorpresa de todos, apareció arrestada, desnuda y enjaulada en el mismo lugar que ocupaba desde hacía cien años. El personal de los servicios municipales de jardinería asegura que ellos no quisieron tomar parte y desobedecieron la ordenanza; por lo que fue la policía quien, ante su tentativa fallida por llevársela detenida, tomó aquella decisión tan drástica y decidiendo que el castigo fuese impuesto allí mismo.

Obelisca, como siempre —o como nunca, según como se quiera ver— no ha pronunciado ni una sola palabra ni un sordo lamento desde entonces; pero todos en el barrio sospechamos que está encendida de rabia. Nunca la habíamos visto borrar hojas de color carmesí.

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Ficus de la Calle del Bachiller – Valencia (Imagen propia)

Tinta de vino

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Imagen de Ladyssenyadora

Precaución Republicano y Eudoxia Praxiduelos jamás pudieron ser protagonistas de ningún relato. A pesar de que su autor pusiera todo su empeño, nunca conseguían hacerse hueco entre las líneas de sus escritos; no encontraban el camino preciso entre la neurona y la pluma, diluyéndose siempre por el recorrido.

Aún así, su deseo por manifestarse siempre fue firme y su voluntad tuvo recompensa en forma de tumor que, con el tiempo, algún cirujano determinó que estaba lo bastante maduro como para recolectar; por lo que en el otoño de aquel año —en plena vendimia— fue sajado, destilado y curado en barrica de roble americano (del norte) hasta que aquellos nombres obtuvieran las propiedades organolépticas necesarias y exactas como para ser disfrutadas por algún paladar erudito.

De esta manera, y no otra, fue como nuestras heroínas literarias consiguieron por fin estar en boca al menos de unos pocos. En cuanto al autor, al parecer, decidió de manera irreversible transustanciarse en vid para convertir sus frases en racimos de uvas tintas. Al menos dejó de morirse de hambre.

Nocturama

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Imagen tomada de Internet

Todas las tardes, a la hora del ocaso, su ventana abierta me incita a que suba con ella, que me pose a su lado, que la roce, que la goce; sin mediar palabras ni miradas; a pesar de su extraño ser, de su extraño estar.

Mis amigos me aconsejan que la olvide, que no es una buena influencia, que su diferencia sólo me traerá problemas; pero eso es lo que más me atrae de ella: su invertida forma de posarse sobre la cuerda.

Después, ya bien entrada la noche, cuando las calles cambian por completo su aspecto terrenal por el selenita, reinicio de nuevo el vuelo para alimentarme de toda la infame fauna aérea que pueda antes de que amanezca.

Noticias desde Ninguna Parte

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En la noche de ayer, el ayuntamiento de Valencia fue devastado por un incendio espantoso. Nada ni nadie sobrevivió a él. La labor del cuerpo de bomberos fue inútil; sobre todo porque, aunque presente, se hallaba en plena digestión y no era aconsejable mojarse hasta pasadas un par de horas.

El edificio ha sufrido tanto que ha manifestado la voluntad de jubilarse de manera anticipada y trasladarse a “un clima menos cálido, menos húmedo y, desde luego, sin días de ponentà” (palabras textuales), ajeno a la actividad política; pero antes quiere ser liberado de los restos adheridos de la alcaldesa de uno de sus soportes de la sala capitular al que se había encadenado. Al parecer, según fuentes orales, puesto que las nasales y oculares todavía se hallan ingresadas sufriendo los efectos del humo —las auditivas y táctiles están bien, gracias a dios—; resultó del todo imposible convencerla de ser evacuada al entender la excelentísima señora de que se trataba de una artimaña conspiratoria de la oposición para que abandonara su cargo.

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Incendio del casino de Montreux sobre el lago Leman, el 4 de diciembre de 1971. Imagen tomada de Internet.

En cuanto al incendio espantoso, ha desaparecido por completo y el rastro que ha dejado —por volátil como efímero— parece ser que no presenta pruebas suficientes ni concluyentes como para ser procesado por un juez; y las pesquisas policiales están resultando incapaces para poder hallar su paradero actual.

Los vecinos del barrio —pocos, hay que decirlo, desde que se decidió que San Francesc fuera el centro financiero de la ciudad— manifestaron a las autoridades su malestar en torno a dos protestas: la primera, que mientras el ayuntamiento ardió no sonó el himno del maestro Serrano sino “smoke on the water” de Ian Gillan; y la segunda, que no ardió bien porque el edificio sigue en pie. Otro motivo por el que el inmueble tiene intención de irse.

Sobremesas con Gregor Samsa – I parte

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Hibernáculo Guineano salió con su casa a cuestas una mañana gélida de otoño sin rumbo pero con la idea fija de no volver nunca más hasta que no encontrara la felicidad. Al torcer la esquina —no tenía suficiente fuerza como para doblarla— el cuerpo nacional de policía transubstanciado en dos agentes uniformadas y armadas le solicitaron el documento nacional de identidad y la cédula de habitabilidad y portabilidad de su vivienda. Dado que le fue imposible presentarlas le sugirieron que, para poder continuar con su viaje, por lo menos realizara un sobreesfuerzo metamórfico y se convirtiera en un molusco gasterópodo. Tras lograrlo, le fue permitido poder continuar con su viaje —más lento, eso sí— hasta que, avanzados apenas unos centímetros, un zapato del 39 lo aplastó. Las policías, tras mirarse fijamente a los ojos, decidieron hacer caso omiso del suceso y formalizaron su relación declarando su amor en público. Doña Precaución Republicano se apresuró a limpiar toda aquella porquería pegajosa antes de que algún vecino del predio la pisara y recibiera, por ello, una última reprimenda que se trasformara en un despido fulminante. Eudoxia Praxiduelos —paloma urbana de profesión— fue mucho más rápida y se abalanzó sobre los restos para tragárselos de una sentada, sin cubiertos ni etiquetas. Por lo demás, el otoño prosiguió el resto del día con su obstinada gelidez.

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Imagen tomada de Internet

Entelequia postal y olímpica

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Primero contratamos una gimnasta, por su elegancia y las figuras tan graciosas que hacía tirando los envíos al aire. No se le cayeron ni una sola vez, pero los usuarios desconfiaban de mandar bultos pesados y frágiles también, no fuera a ser que al final de tanto ir el cántaro a la fuente… En fin, que decidimos entonces contratar a un jugador de rugby. Era perfecto, podía con todos los pesos e incluso era capaz de protegerlos de cualquiera que se le pusiera por delante, no se le cayeron ni los fardos más pesados, el problema fue que ni tan siquiera el destinatario pudo arrebatarle el paquete de las manos —lo mismo, o peor, pasó con los boxeadores—. Era obvio descartar a futbolistas, jugadores de baloncesto o balonmano, tenistas, lanzadores de jabalina, disco y martillo o arqueros. Nada de jugadores de hockey hierba, patines o hielo (imposible usarlos en verano). Alguien propuso un saltador de pértiga, pero a los usuarios tampoco les hizo gracia que un extraño entrara por la ventana; además, con cada entrega teníamos que pagar un cristal nuevo. Demasiado caro.

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Nadia Comaneci al final de su ejercicio 10 durante la Olimpiada de Montreal 76 – Imagen de Internet

Entonces lo tuvimos claro. Fue como una revelación: ¡un ciclista! Era perfecto porque no había nadie más rápido que él. La velocidad de entrega aumentó un mil por ciento… hasta que llegó un envío… a la otra orilla del mar. Bien, no había problema, se trataba de convertir al ciclista en un triatleta. Claro, todo cuadraba: por mar, por tierra y por carretera. Pero ya puestos por qué no un pentatleta, o mejor aún, un decatleta. Siempre sería mejor diez en uno que cinco o que tres. ¡Craso error! Se nos olvidó que también hacían lanzamientos.

El tirador de esgrima que contratamos no tuvo mucha aceptación que digamos porque, además, resultó ser un chiflado de las películas del Zorro y, claro, la gente se quejaba de que, tras la entrega, acabaran con la ropa hecha girones; encima, pobre hombre, tenía muy mala caligrafía. Los halteristas parecía que daban buen resultado hasta que se cruzaban con algún gracioso que les arrebataban las entregas, por fastidiar; entreteniéndolos demasiado y los usuarios acabaron quejándose de nuevo; y de los judocas y luchadores de taekwondo o grecorromana casi mejor ni hablar.

En resumidas cuentas, que nos fue imposible fomentar desde nuestra modesta empresa de mensajería la candidatura olímpica de Orihuela para el 2019. Eso y que nos equivocamos de año.

Amigas

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Se conocieron tras el primer bocado, a pesar de haber estado siempre una frente a la otra, residiendo en una infinita distancia alveolar y entre sombras esféricas que nunca permitieron que pudieran ni tan si quiera intuirse.

Dicen algunos que, por una fracción de segundo, sus cuerpos esponjosos lograron incluso rozarse en una suerte de trayectoria azarosa dictada por las leyes de la física newtoniana; hasta que la energía cinética se transformó en potencial y el universo quedó, de nuevo, en equilibrio indiferente —puesto que la segunda derivada de la energía potencial resultó ser igual a cero—.

Acabaron juntas, sobre la mesa, sin poder abrazarse, consumiéndose por efecto del sol y por el rodillo imparable de Cronos quien, para su desgracia, ingenió en el sofá de enfrente el mecanismo con el que dejar constancia rigurosa de su paso: el hedor de mi carne en descomposición.

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Migas de pan sobre mantel de algodón – Foto propia

Nota: Por cuestiones que no vienen a cuento, la inercia quedó desterrada de esta historia; y el genio de Julio Verne, por desgracia, también.

 

 

Apostillas al discurso inaugural de la señora doña Precaución Republicano, rectora magnífica de la U.P.V., del curso académico 2011/12 en una espléndida mañana de invierno mediterráneo, un 15 de enero de 2012

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Disgrafía. Imagen tomada de internet.

La culpa la tuvo aquel punto y seguido. Alguien debió dejarlo ahí, sobre el atril, no se sabe si olvidado o adrede. El caso es que conforme fueron avanzando las palabras del discurso inaugural, las frases iban tropezando con él. Al principio nadie se dio cuenta, ni tan siquiera la propia oradora, pero con el tiempo, la disertación empezó a entrecortarse unas veces, y a atropellarse otras, de manera que algunas palabras terminaron por hacer grupos incomprensibles a la razón, oscuros a la vista, confusos al oído.

En pocos minutos aquel discurso tan bien articulado pasó a convertirse en un barullo de palabras que chocaban entre si y de las que, de vez en cuando, sobresalía una de entre las demás escoltada por signos de admiración; o de manera esporádica, algún signo de interrogación solitario que generaba alguna duda, pero que enseguida volvía a perderse sin respuesta entre aquel amasijo de vocablos que iban aumentando la presión acústica de la sala porque, como por todos es sabido, la intensidad de la energía acústica está relacionada de manera directa con el número y el peso de las palabras; y de manera inversa proporcional al volumen —espacial, claro está— donde se encierran.

Las primeras filas de la platea, de manera intuitiva, comenzaron a desalojar la sala sin orden ni concierto cuando vieron como el escenario se desbordaba con todas aquellas palabras que, al no conseguir superar el “dichoso” punto y seguido; salpicaban al respetable. Los vestidos de color blanco o pastel fueron los primeros en sufrir las consecuencias de aquellas salpicaduras porque quedaron como letras impresas sobre las telas; los de color negro, al igual que los fracs, no es que se salvaran pero sí es cierto que quedaron camufladas porque el discurso estaba escrito con tinta negra… quién sabe cuáles hubieran sido las consecuencias de haberlo escrito con tinta roja.

La teniente Eudoxia Praxiduelos —fuera de servicio aunque no por ello desarmada—, que presenciaba el acto desde la séptima fila tomó la decisión de imponer cierto orden castrense a pesar de no tener conocimiento alguno de letras —las malas lenguas dicen que tampoco de números—, quedando de inmediato enmudecida su propia voz por una rebelión solidaria de sus palabras autoritarias que, lejos de cumplir sus órdenes, se aliaron con el resto de palabras de la sala para fijarse sobre la tela de su vestido azul turquesa. Impotente por no hacerse oír, imponente por profesión; sacó del bolso su arma reglamentaria y disparó varias veces al aire como manda el reglamento con tan mala fortuna que alcanzó de lleno a la rectora magnífica de la U.P.V. Por desgracia, tras once días agónicos, el discurso quedó huérfano decidiendo retirarse de la oratoria y exiliarse en el último de los cajones de la mesa del despacho de su querida y amada rectora magnífica.